jueves, 26 de septiembre de 2019
Me encontraba en la inmensidad de la ciudad, con el corazón frío y la carita húmeda gracias al cielo, tomando bocanadas grandes de oxígeno, me envolví de la amargura que traía consigo la compañía de la soledad, entre los charcos y el fango mis pies no encontraban calidez por más cercana que estuviese mi casa, pero había un cierto grado de empatía en el mundo reducido a unas calles, esa noche, porque conmigo lloraban las paredes de las casas, donde probablemente habría gente feliz, o gente triste como yo, viviendo sus vidas ignorando mi paso por el mundo, y eso de alguna forma me obsequiaba una visión más diminuta de mi existencia, regalandome al mismo tiempo que mi dolor encogiera su tamaño un poco. Qué suerte la mía de encontrarme con esta noche tan fría y sola, qué suerte la mía que el mundo me entendiera. Que estuviese igual que yo; triste y sola.
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