martes, 4 de diciembre de 2018

Depresión

Empieza como un sentimiento de asfixia, de incapacidad, de vacío inmenso, de imposibilidad, y aumenta el ruido por todas partes, por cada habitación en la mente, como si se encendieran 100 televisores a la vez, con el volumen a tope, en canales distintos que nunca nadie quiere ver, continua como veneno paralizante y entonces te quedas quieto, como si eso pudiera detener el ardor, para ver si alguien quiere encender las luces, aunque sabes que estás encandilado, pasa a convertirse en una isla, donde crees que se esconden mil fantasmas, y destruyes cada bote que se atreve a aventurarse para intentar llegar de tu lado, y es que no quieres que se quede donde no puedes, ni tú ser feliz, se mueve todo alrededor, a kilómetros por hora, sin detenerse, algunas cosas golpean la piel y la rompen, pero a veces no se siente nada porque el frío congela cada poro, y pides, por favor, que todo pare, que prendan las luces, que el calor llegue, que las televisiones se apaguen, que el ruido se detenga, que los fantasmas se vayan, que la isla sea ciudad, que el veneno ya no queme, que se drene cada herida, que los botes no se rompan, que las sonrisas sean reales, que él quiera quedarse, y que los pulmones se reparen...
Entonces el ruido para. Y te detienes en seco, pero observas dándote cuenta que te has quedado sordo, un par de días, o una semana quizá, para después regresar al caos. Ese que no se va.

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