Tal vez, en algún lugar perdí las fuerzas para gritar, para pedir, que alguien me ayude, porque últimamente se siente como si estuviera sumergida en el océano, semanas enteras tragando agua hasta llenar mis pulmones, acostumbrándome a la falta de oxigeno, a la falta de sensibilidad, de dolor, al menos, ya es así la mayoría del tiempo, la otra parte, duele como el infierno, como si no existiera en otro lugar, como si existiera dentro de mi.
Y pasan los días sobre mi cuerpo adormecido, pisando mi roto corazón, y en mi mente las dudas se acurrucan debajo de los sueños que jamás podré cumplir, escribo porque no me queda a quien decirle, lo que cargo en mi espalda, porque parece que volví al fango, del que creí me había librado ya, pataleo porque es lo único que se me ocurre, porque parece que si sigo luchando por salir, me hundiré más de prisa, a cada paso que doy, encuentro la forma más dolorosa de avanzar hacía el vacío nuevamente.
Escucho que hay silencio afuera, y que ya nadie me llama buscando encontrarme otra vez, es probable que haya perdido la capacidad de escuchar, o quizás es verdad que nadie dice mi nombre, al menos, en un susurro.
Recuerdo estar en un suelo parecido a este en el que lloro hoy, pero hay algo distinto que me hace desconocerlo, quiero rendirme, y ya no quiero que nadie sepa que lo pienso, a cada segundo de mi vida.
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