Tenia miedo de encontrarme de frente con las heridas, de abrir los ojos y ver sus colmillos afilados. Tenían la forma más triste de convertirme en mar, en agua llena de sal. Así que comencé a esconderme entonces, en los lugares donde solo cabía mi alma y mi cansancio, pero le escuchaba rondar cada vez más cerca de mi refugio, cerré los ojos un par de veces, se suponía que no debía sentir que la sangre abandonaba mi cuerpo entumecido, pero sentí cada gota escapando de prisa. Ya no cabían las dudas en este espacio tan reducido, pero afuera, aunque no existía ningún sonido, sabia que no se irían sin antes terminar lo que empezaron.
Ojalá hubiera sabido antes, que la única forma de salir con vida era mirarles directo a los ojos, salir de mi escondite, liberar mi alma atada al cansancio, encontrar las gotas de mi sangre manchando sus dientes, conducir directo hacia sus garras, y permitirme libertad. Pero las dudas me arrinconaban de espaldas contra el concreto, cuanto mas tiempo me permitía aceptar el peso de la miseria, de la autocompasión, más difícil se volvía tan solo respirar. Pero un buen día en que pude ver esos ojos amables, supe que podía levantar la vista una vez más, aunque había pasado tiempo memorizando el mismo sitio oscuro que habité, abandoné las ganas de permanecer aún quieta. Así que gracias, por salvarme una vez más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario