Mi madre, aunque tenía el corazón más roto que yo, se sentó a mi lado, con los ojos llenos de tristeza y tintes de angustia, me miraba sin saber cómo consolarme, a pesar de estar más rota que yo, intentaba aliviarme el alma. Me abrazó porque no había más que hacer que acompañar nuestra pena con el toque de nuestros latidos, y me pidió no quedarme en la oscuridad. Ojalá supiera que en el momento en que ella entró, fue como si el sol brillara en mi habitación. El dolor iba acompañado de cierta belleza, porque la tenía a ella conmigo...
"Que nunca me falte" solo eso pensaba.
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