Lloré cuando lo supe, los filosos pedazos dentro en mi pecho reconocieron los que habían ahora en el tuyo, por eso mis ojos hicieron el reflejo de los tuyos, en un instante sentí el miedo que te mordía por tanto tiempo, por la espalda, noté tus nudillos sangrantes, tus uñas destrozadas, porque sé que peleaste, peleaste contra la idea de abrazar el dolor que ensordece, que quema desde el infierno, y que al final terminó por comerse las sonrisas que no nacieron de tu boca. El silencio fue mi guía, y el tuyo, era difuso, ni tú ni yo entendimos que camino debía ser el transitado, ni a qué ángel de la muerte debíamos escuchar, pero no había forma de escapar hacia el pasado, aunque intenté mover las manecillas del reloj, ¿Qué más queda en este sitio? Pensé. Quiero mirarte, quiero acompañarte, y fue por eso que lloré también.
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